


El atentado y posterior muerte de Miguel Uribe Turbay reabrieron una pregunta que América Latina lleva décadas intentando contener, ¿qué tan estable puede ser una democracia donde participar en política todavía exige esquemas de guerra?
La tarde del sábado 7 de junio de 2025, el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay hablaba frente a un grupo de simpatizantes en Fontibón, en el occidente de Bogotá, cuando un joven sicario abrió fuego en medio del mitin. Los disparos impactaron su cabeza y una pierna. Las imágenes del atentado recorrieron el país con una velocidad que Colombia conoce demasiado bien: escoltas disparando, asistentes tirándose al suelo y un candidato inconsciente evacuado de urgencia. Dos meses después, tras múltiples cirugías y semanas en cuidados intensivos en la Fundación Santa Fe, Uribe murió a los 39 años.
La escena no solo devolvió al país a los años más oscuros de la violencia política. También recordó algo más incómodo: en Colombia, la estabilidad democrática sigue dependiendo de la capacidad del Estado para garantizar que hacer política no implique una sentencia de muerte.
La discusión reapareció con fuerza durante el actual ciclo electoral, marcado por amenazas, atentados y alertas tempranas emitidas por la Misión de Observación Electoral (MOE). Pero el problema no pertenece únicamente a Colombia. América Latina lleva años enfrentando una paradoja incómoda: elecciones cada vez más frecuentes y sistemas políticos todavía incapaces de garantizar que competir por el poder no implique poner la vida en riesgo.
La historia de Colombia vuelve inevitable esa conversación. El asesinato de candidatos presidenciales durante el siglo XX no fue un accidente periférico de la violencia nacional, sino uno de sus mecanismos centrales. El exterminio de la Unión Patriótica, los homicidios de Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro dejaron una marca estructural: en Colombia, la violencia electoral no destruye solamente personas; altera la representación política en sí misma.
Esa herencia explica por qué la seguridad electoral tiene un peso institucional distinto al de otros países de la región. La protección de candidatos no funciona únicamente como un dispositivo policial. Opera como una garantía de legitimidad democrática. Cuando un aspirante cancela recorridos por amenazas, cuando una campaña evita municipios completos o cuando los equipos políticos negocian permisos tácitos con actores armados para entrar a ciertos territorios, el problema ya no es de seguridad pública: es una fractura a la soberanía.

La MOE reportó que durante el último año aumentaron las agresiones contra líderes políticos y que la violencia letal contra candidatos y actores electorales sigue concentrándose en departamentos históricamente afectados por el conflicto armado, como son Cauca, Antioquia y Norte de Santander. Más de 190 municipios registraron incidentes asociados a violencia política en la actual contienda electoral.
La cifra, sin embargo, importa menos que el patrón. Lo que muestran los informes recientes es una mutación de la violencia electoral. Ya no responde exclusivamente a grandes estructuras insurgentes intentando sabotear el sistema político nacional. Hoy aparece fragmentada, territorializada y ligada a economías ilegales que buscan controlar corredores estratégicos, contratos locales y rentas criminales. La presión armada se desplaza desde la ideología hacia el control territorial.
Por eso los esquemas de protección se volvieron más complejos y costosos. El Ministerio del Interior informó que algunos candidatos presidenciales cuentan con dispositivos que incluyen vehículos blindados, decenas de agentes, coordinación permanente con Policía y Unidad Nacional de Protección, y acompañamientos especiales en desplazamientos regionales.
Pero la robustez de esos esquemas también expone una contradicción incómoda. Mientras las campañas nacionales viajan rodeadas de seguridad reforzada, cientos de candidatos locales siguen haciendo política prácticamente solos. La protección estatal suele aumentar en proporción a la visibilidad mediática del dirigente, no necesariamente al nivel real de riesgo territorial.
Ahí aparece una de las fracturas menos discutidas de la democracia colombiana: la desigualdad en las garantías electorales. En varias regiones, un concejal o un líder comunal enfrentan amenazas mucho más inmediatas que una figura presidencial en Bogotá, pero cuentan con capacidades infinitamente menores para enfrentarlas. La MOE ha insistido en que los mayores riesgos hoy recaen precisamente sobre autoridades locales y liderazgos territoriales.
La discusión trasciende a Colombia porque el continente empieza a mostrar síntomas similares. En México, decenas de candidatos locales fueron asesinados durante procesos electorales recientes bajo dinámicas asociadas al crimen organizado. En Ecuador, el asesinato presidencial de Fernando Villavicencio alteró completamente la percepción regional sobre la vulnerabilidad institucional. Incluso países con menor tradición de violencia política, como Panamá o Guyana, observan con preocupación cómo el deterioro de la seguridad regional empieza a mezclarse con procesos electorales más polarizados y con mayor circulación de economías ilegales.
Cuando el Estado no puede garantizar que todas las campañas compitan bajo condiciones mínimas de seguridad, la elección deja de percibirse como un ejercicio de igualdad democrática y empieza a parecer una disputa administrada por el miedo. Cuando los ciudadanos perciben que participar en política requiere blindajes, caravanas armadas y protocolos de emergencia, el sistema electoral deja de parecer un espacio civil y empieza a adquirir la lógica de una operación de riesgo.
Eso explica por qué organismos internacionales y centros de análisis insisten en leer la seguridad electoral como un indicador de estabilidad institucional. El Atlantic Council advirtió recientemente que el aumento de amenazas contra liderazgos políticos en Colombia coincide con una expansión territorial de actores armados y una creciente fragilidad estatal en zonas periféricas.
La fragilidad democrática rara vez llega con tanques o golpes militares como en el siglo pasado. En América Latina suele aparecer de forma más silenciosa: candidatos que dejan de hacer campaña en ciertos municipios, periodistas locales que dejan de cubrir política, líderes sociales que abandonan sus territorios y ciudadanos que terminan votando bajo condiciones de miedo administrado.
Por eso la protección electoral no puede leerse solamente como gasto en escoltas o vehículos blindados. Es, en realidad, una radiografía sobre quién controla el territorio y bajo qué reglas circula el poder. En países donde todavía hay zonas enteras disputadas por economías criminales, la seguridad de los candidatos revela algo más profundo que la capacidad operativa del Estado: revela hasta dónde la democracia sigue siendo capaz de entrar viva a sus propias fronteras.

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