


En distintos territorios de América Latina, el ecoturismo está redefiniendo la relación entre economía y naturaleza.
El ecoturismo ha dejado de ser una categoría marginal dentro del sector turístico para convertirse en una de las apuestas económicas más relevantes de América Latina. Su crecimiento no solo responde a una demanda global por experiencias en la naturaleza, sino a una condición estructural que lo diferencia de otras actividades productivas: no puede existir si el territorio se deteriora.
Esa característica lo ubica como una alternativa particular dentro de la economía regional. A diferencia de los modelos tradicionales, donde la transformación del entorno es parte del proceso productivo, el ecoturismo depende de lo contrario. Funciona en la medida en que el paisaje, la biodiversidad y las dinámicas naturales se mantienen.
Las proyecciones refuerzan esta tendencia. El mercado de ecoturismo en América Latina podría superar los 80 mil millones de dólares hacia 2030, con tasas de crecimiento cercanas al 16 % anual. Es una velocidad que pocos sectores pueden sostener sin ampliar la presión sobre los ecosistemas. Aquí, en cambio, el crecimiento está condicionado por la conservación.
En ese contexto, el valor del territorio empieza a medirse de otra forma. Ya no se calcula únicamente por lo que puede extraerse, sino por su capacidad de permanecer.
En Colombia, en el Golfo de Urabá, esa lógica adquiere una forma concreta. El recorrido hacia la Reserva Natural Sirikí comienza en el agua, desde el embarcadero de Nueva Colonia, en el municipio de Turbo. Durante más de una hora, la ruta avanza entre el río y el mar, atravesando manglares, observando aves y una vegetación que desdibuja la geografía conocida.
Sin embargo, el valor del lugar no está en su apariencia de lejanía, sino en su historia reciente. Durante años, ese territorio quedó vacío por la violencia. El regreso de la familia Jiménez marcó un punto de cambio. Lo que antes no podía habitarse comenzó a reorganizarse a partir de lo que había permanecido.
Hoy, la reserva funciona como una economía sostenida en la conservación. Hay hospedaje, recorridos, alimentación y senderos. El manglar no fue reemplazado por infraestructura convencional. Se convirtió, precisamente por mantenerse intacto, en la base de la actividad productiva.
Incluso el avistamiento de jaguares adquiere aquí un significado distinto. No es solo un dato ambiental. Es una señal de equilibrio. Y en este contexto, el equilibrio ecológico se traduce en estabilidad económica.
Sirikí muestra que el ecoturismo no funciona a pesar de la naturaleza, sino gracias a ella. La conservación no es un límite al desarrollo, sino su condición.

América Latina cuenta con una de las mayores concentraciones de biodiversidad del planeta. La Amazonía, los Andes, los páramos, las selvas y los ecosistemas costeros forman un sistema que no puede replicarse en otro lugar.
Esa singularidad define la oportunidad. En el ecoturismo, el valor no está en lo que se construye, sino en lo que permanece intacto. Un visitante no se desplaza para encontrar algo que podría ver en cualquier ciudad. Llega por todo lo que no ha sido transformado.
Recorrer un manglar en Urabá o transitar un ecosistema que conserva sus dinámicas naturales no es una experiencia intercambiable. Depende de que el territorio mantenga su forma original. Si ese entorno cambia, el destino pierde su carácter único.
En ese momento, deja de competir por singularidad y pasa a competir por precio. Una lógica en la que la región rara vez tiene ventaja.
Por eso, el ecoturismo ha dejado de pensarse únicamente como una actividad ambiental. Se integra cada vez más como parte de las economías locales, no solo por su capacidad de atraer visitantes, sino por su potencial para sostener ingresos en el tiempo sin deteriorar el activo del que depende.
La oportunidad del ecoturismo no es automática. Depende de una condición que atraviesa todo el modelo: la estabilidad territorial.
En distintos puntos de la región, la expansión de economías ilegales o de actividades orientadas a beneficios inmediatos introduce tensiones sobre estos espacios. Estas dinámicas pueden coexistir o entrar en conflicto con proyectos comunitarios y áreas de conservación.
El impacto no se limita al entorno natural. Cada territorio que se degrada representa una oportunidad económica perdida. Una ruta turística que desaparece, es un mercado que no se consolida y un ingreso que se traslada a otro lugar.
El dilema es conocido: producir rápido o sostener la producción en el tiempo. El ecoturismo se construye sobre la segunda opción. Requiere continuidad, condiciones estables y una relación prolongada con el territorio y su entorno.
En América Latina, el ecoturismo avanza a distintos ritmos. Hay territorios donde el modelo ya está consolidado, otros donde apenas comienza y varios donde aún se está probando cómo hacerlo viable.
No existe una fórmula única. Lo que se observa es un proceso constante de aprendizaje. Cada territorio adapta el modelo a sus condiciones, construyendo una forma propia de integrar conservación y actividad económica.
Más que reemplazar otras economías, el ecoturismo introduce una lógica distinta. El valor no se genera al extraer, sino al mantener. La riqueza no se concentra donde se retiran recursos, sino donde se logra que permanezcan intactos.
En ese cambio, también se redefine quién produce. No es únicamente quien transforma el entorno, sino quien puede sostenerlo en el tiempo. La estabilidad ecológica deja de ser un objetivo aislado y se convierte en la base de la actividad económica.
Sirikí es una muestra de esa transformación. Un territorio donde la economía funciona, precisamente, porque no se deteriora.

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