


En un entorno donde los pagos y servicios digitales hacen parte de la rutina diaria, el fraude ya no siempre se presenta de forma evidente.
Nancy Rueda estaba revisando su WhatsApp cuando de un momento a otro le apareció un mensaje que la sorprendió: “Necesitamos verificar tu cuenta para evitar un bloqueo. Por favor, confirma tus datos aquí”. Venía de un número que parecía legítimo y se presentaba como su banco. Casi sin pensarlo, Nancy empezó a escribir su número de documento y la clave de acceso a su cuenta. Pero instintivamente notó que algo no le cuadraba y fue cuando recordó que su banco advierte que nunca les pide las contraseñas ni los datos sensibles a sus usuarios a través de mensajes o llamadas. “Me asusté, pero entendí que estaba frente a un intento de fraude”, dijo.
Lo que vivió Nancy es más común de lo que parece. Se llama phishing, y consiste en que estafadores se hacen pasar por instituciones confiables para engañar a los usuarios, obtener sus datos y poder robarles su dinero. En Colombia, expertos en ciberseguridad advierten que las llamadas y mensajes fraudulentos son una de las principales modalidades de fraude digital, especialmente con la expansión de los pagos y servicios financieros en línea.
Este tipo de engaños no funcionan solo por la sofisticación tecnológica, sino porque se apoyan en un activo clave del ecosistema digital: la confianza. La confianza en que los mensajes llegan a tiempo, en que los servicios funcionan sin fricción y en que las plataformas con las que se interactúa todos los días responden como se espera. El fraude se infiltra en esa normalidad y la imita.
Los estafadores buscan aprovechar la confianza y la velocidad con la que viven actualmente las personas para poder engañarlas. Más allá de los nombres técnicos, estos fraudes comparten una misma lógica: activar una reacción rápida antes de que el usuario tenga tiempo de dudar. Smishing: mensajes de texto o WhatsApp que parecen oficiales.
Phishing: correos electrónicos con enlaces que redirigen a sitios falsos. Vishing: llamadas de personas que aseguran ser del banco o de servicios públicos. Promociones falsas en redes sociales o sitios web de comercio electrónico.
Según TransUnion Colombia, en 2024 se reportaron más de 218.000 casos de reclamaciones por fraude digital en el primer semestre, aunque la mayoría de las transacciones digitales, más del 99,9 por ciento, se realizan sin irregularidades. Esto demuestra que, si bien el riesgo existe, los sistemas modernos detectan la mayoría de los intentos antes de que afecten al usuario.

Aunque muchos usuarios solo ven un mensaje sospechoso, los sistemas de prevención de fraude trabajan silenciosamente, analizando los patrones de uso y comportamiento para detectar transacciones inusuales, bloqueando accesos desde ubicaciones sospechosas e implementando alertas tempranas para frenar un fraude antes de que ocurra.
En la práctica, estos sistemas no están pensados para reaccionar al fraude cuando ya ocurrió, sino para absorber el riesgo como parte del funcionamiento normal del sistema. Analizan comportamientos, cruzan señales y toman decisiones en milisegundos para que la experiencia cotidiana del usuario no se rompa. Si todo funciona bien, el usuario no nota nada. Y esa es la señal de que la prevención está cumpliendo su objetivo.
Todo esto sucede sin interrumpir el uso normal, lo que significa que los sistemas más robustos protegen de manera discreta, sin exigir que las personas estén pendientes cada minuto de su cuenta.
En entidades como Bancolombia, la prevención inicia incluso antes de que las personas lo noten. El banco utiliza medidas de autenticación y monitoreo de actividad que ayudan a confirmar que “la persona que está intentando ingresar o realizar una transacción realmente eres tú”. Uno de los pilares de este enfoque es la autenticación, que combina diferentes capas de verificación para hacer más difícil que un tercero no autorizado use una cuenta. En su sitio oficial explican que este proceso va desde el ingreso con usuario y clave hasta la confirmación de transacciones con claves dinámicas o mecanismos biométricos como huellas o reconocimiento facial en dispositivos compatibles.
“Tenemos en cuenta tu dispositivo, en dónde te encuentras, a qué hora haces tu transacción, cuál es el monto, la entidad a la que envías o de la que recibes plata, entre otros datos para asegurarnos que tu información personal y tu plata sí la estás moviendo tú y no alguien más”, indica el banco. La lógica no es pedirle al usuario que esté siempre alerta, sino construir un entorno en el que la alerta constante no sea necesaria.
En Panamá, los bancos también insisten en que nunca pedirán datos sensibles por canales externos. Por ejemplo, Banco General señala que “nunca te pedirá usuario, contraseña ni números de tarjetas por mensajes o correos”, e invita a los clientes a desconfiar de comunicaciones con tono urgente o con errores de ortografía, una señal frecuente en intentos de fraude.
En el fondo, la seguridad digital no se mide por la ausencia total de intentos de fraude, sino por la capacidad de los sistemas para contenerlos sin trasladar la carga al usuario. La confianza digital no significa que nada pueda fallar, sino que existe una infraestructura diseñada para que el riesgo no interrumpa la vida cotidiana. Cuando la prevención es invisible, no es porque no exista, sino porque está cumpliendo su función: permitir que las personas sigan pagando, transfiriendo y usando servicios digitales sin tener que pensar todo el tiempo en el peligro.
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